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Después de releer lo poemas escritos en el 2005, y de dar la batalla con los lectores comunes, que se espantan o se ofenden por lo que escribo, y los lectores más informados, que me preguntan qué me pasa-porque en verdad algo me pasa-- me doy cuenta que lo que sucede se trata de un cambio en mi poética enraizado en mi propia transición hacia un arquetipo al que siempre he temido.
Toda la vida he seguido fielmente al “ethos” Jungiano, que me parece, como mapa de la psique (el alma), mucho más completo que el modelo Freudiano. Por lo tanto, me he auto-identificado con el Puer Aesternus, cuyas manifestaciones concretas en los términos imaginles de mi poesía han sido el Hermes y el ángel, las dos figuras de mi daimon (dios en proceso o acto). Y no olvidemos al Eros, la fuerza que mueve a la creación a través de la energía libidinal. Energía, pasión, movimiento, cambio, subidas aceleradas y caídas en picada, momentos liminares, fronteras, jugarretas de un Ser que enseña a través de trampas aparentes. Mis biblias: The Puer Papers, los estudio seminales sobre el arquetipo publicados por James Hillman y el estupendo estudio del Hermes por Kerenyi.
Mas existe la contraparte del Puer, el Senex, al que, desde mi perspectiva Puer, siempre he juzgado negativamente. He aprendido en mis lecturas que uno es la contraparte del otro, que en realidad se complementan. Pero el Senex ha representado al Ouranos violador de la madre tierra, el Cronos devorador de sus vástagos, La Ley del Padre, el Superego freudiano, y ya desde un plano más contemporáneo, el capitalismo avanzado, las religiones organizadas, los gobiernos totalitarios de todos tipos, y todo aquello que pretenda imponerme reglas, cercarme, inmovilizarme. Un detalle: el Senex es también quien rige el concepto del Tiempo.
Mi “crisis de los cincuentas” consistió precisamente en una guerra interna sin cuartel entre el arquetipo dominante y el que reclamaba presencia en mi vida y mi psique. Comencé la década rehusando envejecer, y la terminé enfermo y definitivamente enveje-cido. Confronto ahora la fatal biología, ya no como tropo poético sino como realidad cotidiano. Confronto ese Senex que me mira desde los espejos y del que ya no puedo renegar. Confronto el mundo que me rodea, haciendo un ajuste de cuentas, un inventario que lo incluye y me incluye. Si bien la versión particular del Puer que soy se todavía pretende arrojarse hacia al mundo impelido una “ira de amor,” el Senex que soy, inmovilizado frente a una pantalla, se retrae del mundo tras una muralla de implacable sarcasmo. El asco de mi último poema, cuya línea final he revisado setenta veces siete, hasta crear la conexión con otro poema, escrito, irónicamente, el día que cumplí 41 años. Han pasado 20 años y dos meses entre poemas.
Lo interesante es que la aparición del Senex no ha significado la desaparición del Puer, pero si un cambio fundamental en la noción de juego, esencial a éste último. Y ese cambio tiene que ver con la conciencia del tiempo. El Puer me conmina a seguir jugando hasta que se me acabe el tiempo. El Senex me sigue impaciente, con un reloj en la mano. Integrarlos es posible—esa debe ser la meta-- pero también torturadamente difícil.
Este primer poema es netamente “Puer,” en su versión avanzada, como el “Héroe,” (palabra que en el sistema Jungiano significa la plenitud del Puer, un Puer que sin envejecer llega a un grado de “madurez”). Es un poema en el que la primera persona se desdobla para escucharse, el encuentro entre el hombre y su ángel. En 1986 tal fantasía poética se materializó en un individuo, crucial a mi desarrollo imaginal, que se convirtió en mi modelo de “héroe” e inspiró Grimorio y los dos últimos poemas de “Ángel en el circo.”
-IRA DE AMOR
Si me imagino
de una otra forma
un ángel veo,
la faz de fuego,
la boca abierta,
perentorio el gesto,
el brazo alado,
erizado.
Se me confunden
las melodías
en armonías
metatecnócratas.
A trompetazos,
fanfarronadas,
todas mis voces
humanas.
De cada célula
me canta un otro
ensimismado.
Con tono airado
me reproduzco
desde el sonido.
Ira de amor
me impele.
16/10/85
El segundo poema es un regreso a los orígenes formativos, esto es, familiares. Un dato curioso. Crecí entre dos discursos que no correspondían a las personalidades de su productores. Mi madre, que me predicaba los buenos modales y la paciencia cristiana, era en realidad una mujer consumida por una ira interna que le afloró en un mal por el que el cuerpo se destruye a sí mismo y que los Jungianos consideramos manifestación de esa ira: el cáncer. Mi padre, cuyo discurso siempre fue violento, era el ser más pacífico del mundo, un “pan de Dios.” En el poema reatribuyo los discursos, un marcador del Senex, quien también reordena las prioridades.
Otro detalle: siempre he admirado y practicado la escritura vitriólica. Es un género casi desaparecido, quizás porque para practicarlo con éxito se necesita un alto grado de sofisticación verbal. Recuerdo a una pareja de críticos antimodernistas, Luis Bonafoux, puertorriqueño, y un tal Bobadilla, cubano, residenciados en España, cuyos ataques contra algunos de mis escritores favoritos sin embargo me han divertido muchísimo. Así que no se trata sólo de arquetipos.
CANTÁNDOLAS
Mi madre me decía
que fuera un chico amable y modoso,
no devolviera las pescozadas
ni los insultos, porque no era propio
de bien educados caballeros.
Cuando alguna bestia humana revelara
su abismal arrogante ignorancia,
le compadeciera
en lugar de exponerla al ridículo
porque los cristianos ovejunos
siempre toleraban las fallas ajenas,
siempre presentaban la otra mejilla.
Mi padre me decía
que esperase a los cabrones en la esquina.
Si eran mayores o más grandes
me les fuera encima con un bate
y la ferocidad de un acorralado,
les sacara moratones y sangre,
me diera a respetar, porque este mundo
es de los mansos, no los embolados.
Que utilizara el don de la palabra
como la espada de un arcángel
San Pedro no me negaría el cielo
por romperle la crisma a un insolente.
Se equivocaron en sus discursos.
Mami murió de tumores violentos.
Papi murió abusado e intacto.
Tuve más suerte, mi propia muerte
se ha demorado, para darle paso
al cataclismo de una furia justa.
Proyectaré la rabia de mi madre.
No me dejaré violar, como mi padre.
Harto estoy de impuesta hipocresía.
No queda tiempo para el respeto.
Canto lo que percibo como lo veo.
Hablo por fin en primera persona.
A pulmón exhibo las mediocridades
de la especie, su infinita soberbia,
su caníbales gustos autogenocidas,
su desenchufe del daimon que sirve,
su estupro del don de la palabra,
sus puñetas fallidas, disfrazadas
de altisonantes excrementos poéticos,
mentirosos torahs, biblias, coranes,
democracias esclavizantes,
nacionalismos dictatoriales.
Se acabó la deferente cortesía.
No ira de amor, sino asco, me impele.
15.12.05
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